A Salomon de la Selva

I

¡El alba! Es mi hora.
Ella es la madre infinita;
el regreso del árbol; la lengua del mar,
candorosa y antigua.
¡El alba! ¿Pero qué ocurre entonces
sobre el hundido párpado del mundo?
¿Qué asombro? ¿Qué musical inundación?
Hiende los aires un festejo alado,
en los aros del buey tiembla el rocío,
y universo, mujer y bestezuela se tienden
a bendecir su origen. No hay bandera
de amor más contemplada.

IV

Es luego el mar. El alba es como un ángel. Se insinúa a lo lejos, riza el viento, toca el abismo y los monstruos sollozan. Es luego el mar. El alba es como un barco. Sale del fondo, no hace ruido, lleva cargamentos de almas hacia el día. Y como el Espíritu es el alba del mar sobre la haz de las aguas, moviendo y hechizando las antiguas moradas de los hombres.

de LOS JARDINES AMANTES

CONFESIONES

II

Porque los días están llenos de ansiedad,
rencores, acontecimientos imprevistos;
porque recuerdo la guerra con sus héroes,
porque no he muerto por el pueblo
y leo su muerte diaria en los periódicos;
porque las madres, en la oscuridad,
oyen llorar el frío más pequeño;
porque han sucedido tantas cosas
en las que no he participado,
tantos sacrificios y glorias,
tantas muertes y resurrecciones,
tantas canciones verdaderamente hermosas
de jóvenes guerreros que jamás regresaron;
porque voy al cine y me emociono asombrosamente;
porque la puesta de sol, el año nuevo,
las cartas que recibimos con trineos y campanas,
las despedidas en las estaciones,
todos los desastres afectivos,
todas las lunas que no terminan de morir
me hieren un poco más,
me incomodan nerviosamente;
porque a veces me entrego a labores absurdas,
a mañanas perdidas a cambio de monedas,
y me siento humillado
como el hombre sin brazos que mira que lo miran;
porque me veo escribir haciendo largas pausas,
porque mi voz es como la lluvia,
que no sabe adonde cae ni quién la esperará;
porque hay tantos ruidos que casi no se oye
y la infancia ha escapado como el cervato herido;
porque vivo en la ciudad recordando los mares,
aquella alegría imperial de los árboles,
el campo nutricio y saludable;
porque soy tranquilo, lleno de sueño
y me gustaría trabajar en las fábricas;
porque amo las fuerzas de la tierra y el sexo;
porque flores oscuras y embriagadoras
rondan la noche y traen los deseos;
porque las hermosas y tranquilas flores
(las llevadoras de perdón, las obreras de vida)
tienden a mí sus brazos suplicantes.
Por todo eso y por más que no recuerdo
siento que soy poeta y sufro
en la canción que canto todavía

de poesía de pie

I

Están derribando los álamos.
Están abriendo una ancha calzada
y están derribando los álamos.
Tienden la línea, erigen el alambre,
alfombran de electricidad el camino
y están derribando los álamos.
Toda la noche han pasado los hombres
martirizando a los gigantes puros.
¿Por qué no vadearon el trino?
¿Por qué no entendieron su envío?
Voces muertas quedaron las ramas.
La mañana sin pájaros vino
a tocar las cabezas hendidas,
y una verde tristeza golpeaba
como un hacha aquel día violento.
Se hizo la calle, se alzó la anchurosa avenida,
mas cayeron heridos los álamos.
Mala ruta del hombre sin sombra,
sin frescor, sin albricias, sin álamos.

de mínimo estar

VIAJE AL CORAZÓN DE PABLO NERUDA

CXVI

En tu viaje me embarco y arribo a los muertos fragantes, rrasminado de sales oscuras y Españas difuntas: too allí a don Francisco Quevedo, su escándalo puro, y otros grandes rectores que tu alma acaricia en la lluvia, porque tú los llamaste con roncas campanas del cielo, proclamando en sus bocas de polvo la cítara humana. Gritan paz don Antonio Machado tatuado de encinas, Federico dejando en las balas su andante rocío, y d pastor de Orihuela, Miguel de las cabras paridas, :o dos ellos por plan de tiranos, hundidos, vejados. Y te miro disuelto en los yodos de la profecía, junto a hermanos en pozo doliente, debajo del mundo, capitán de las lenguas del fuego, pleamar enterrada, rompiendo con puños de abismo las tierras de Chile.

de Asamblea plenaria

Jorge Debravo

Nació en Guayabo de Turrialba el 31 de enero de 1938 y falleció, atro­pellado, el 4 de agosto de 1967, con tan sólo 29 años. Hoy es una figura entrañablemente recordada y uno de los poetas más leídos por la juventud costarricense.
Hijo de campesinos muy humildes, concluyó la primaria en Turrialba, be­cado por la Junta de Educación. Lue­go, trabajó de empleado del Seguro Social, lo que le obligó a continuos traslados, y sólo concluirá sus estu­dios de bachillerato a la edad de 27 años, después de uno de sus regresos a Turrialba.,
Desde muy joven, leyó con avidez todo lo que llegaba a sus manos: Ne-ruda, Vallejo, Juan Ramón, Bécquer, Whitman, Darío, M. Hernández, etc., aprovechando todo su tiempo libre para escribir incansablemente (cuen­ta su esposa Margarita que en una sola noche llegó a escribir más de cuarenta poemas…). Así, su vida fue corta pero prolífica en obras: nueve li­bros publicados y trece inéditos.
Poeta especialmente dotado, ins-tintivo, auténtico y sin vanas conce­siones. Según palabras de Joaquín Gutiérrez, “buscó siempre sus temas de inspiración en la realidad inmedia­ta que lo rodeaba y de la que fue, si­multáneamente, martillo y yunque: la amada, sus hijos, la naturaleza, “los trabajos y los días”, el espectro lejano o cercano de cualquier injusticia. Su temática es siempre antropocéntrica: el hombre y sus angustias, el hombre y sus luchas y sus sueños, el hombre y su destino…”.
Fundó el grupo Poetas de Turrial­ba. Participó en la Asociación de Es­critores Costarricenses y en la Edito­rial Costa Rica. En vida publicó Mila­gro abierto, Bestiecillas plásticas. Consejos para Cristo al comenzar el año. Devocionario del amor sexual. Poemas terrenales. Digo y Nosotros los hombres. Los seis pri­meros fueron recogidos en 1965 bajo el título de Milagro Abierto. Poco después de morir, apareció Cancio­nes cotidianas. Los despiertos es su otro libro publicado postumamente.
En 1974, la Editorial Costa Rica reunió su obra bajo el título de Anto­logía Mayor, con selección y prólogo del mencionado Joaquín Gutiérrez. De esta antología hemos escogido los poemas que ofrecemos a continua­ción.

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