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El Mal Inefable

Allá sobre el oleaje macilento
su última lividez consume el día,
y el tenebroso azul del firmamento
se abisma en sideral melancolía.

Olas y nubes, dunas y pinares,
en bloque colosal la noche integra,
al dilatar por montes y por mares
la inmensidad de su mirada negra.

En trivial situación de Paraíso
mi corazón exalta tu hiperdulia.
Mientras que del salón llega, indeciso,
un rumor de Chopin y de tertulia.

Lozanas de canícula las rosas,
bajo la brisa litoral que arrecia,
inspiran como damas voluptuosas
una aromática embriaguez de especia.

La amable luna en su postrera fase
algo casi fatal pone en tu ceño,
y en tu alma, joya de primera clase,
brota a su luz congénere el ensueño.

Sobre el mínimo seno tu franela
pectoral, de enfermiza, te asesina;
en tu grácil albor se aterciopela
la ternura infantil de la eglantina.

Pulida como el agua, en tu pureza
hay el frío de un alba sin sonrojos,
y el cielo se duplica en la franqueza
perseverante de tus grandes ojos.

En cita que consagra mi fortuna,
mi transporte se vuelve un poco necio
ante tu honor, y fútil como una
mariposa, es tu ósculo sin precio.

Inmoviliza en tumba de mosaico
el palaciego estanque su fastidio,
mientras le evoca el plenilunio arcaico
familiares ideas de suicidio.

Desde el balcón divinizarse deja
tu mirada su lánguido apogeo,
y la luna suspende de tu reja
la quimérica escala de Romeo.

A la amorosa sugestión del astro
la ninfa del jardín sus gracias une,
y su blanca ceguera de alabastro
ampara nuestra soledad impune.

La certidumbre de tu amor lejano,
que a fúnebres azares se encomienda.
Trocó mi corazón, trivial Fulano,
en un excelso procer de leyenda.

Paladín que muñéndose en la llama
del deleitoso mal con que le afiijes,
es, a pesar de su valiente fama,
fruslería keepsake entre tus dijes…

Esta noche, la luna que agoniza,
tu fichu bajo el cual se angustia el asma
el mar meciendo apenas su baliza,
tienen no sé qué encanto de fantasma.

La brisa insomne, desde su retiro
bajo lúgubres árboles suspenso,
comunica en romántico suspiro
su honda palpitación al parque inmenso.

El último estribillo de un romance
agranda el bloque de silencio inerte,
y nuestro amor, en desolado trance,
se prepara al olvido y a la muerte.

de Los Crepúsculos del Jardín

Otros poemas para disfrutar:

  1. Las Cigarras I

4 comentarios de El Mal Inefable

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