Se enamoró mi muerte de tu muerte
cuando ciegos bajábamos por la torrentera
de la sangre y el alma, desterrados del tiempo.
Cuando, unidos, enlazados, subíamos muy alto
como dos alas en el mismo vuelo:
diciendo hasta-el-fínal-y-más-allá:
Los astros nos oyeron.
Y en los labios tuvimos
el sabor del misterio y de la eternidad,
el sabor del azahar y las galaxias,
el sabor de la vida y de la muerte,
dorados, milenarios o instantáneos,
inmortales, extáticos,
guerreando a amor partido, compartido,
y, por instantes, puros y hermosos como dioses
nimbados de un fulgor relampagueante
y luego de un silencio enternecido…
Un ángel o demonio con su espada llameante
vigilaba la puerta de nuestro Paraíso.
¡Éramos habitantes del milagro!
de Hablar soñando y otras alucinaciones
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