Mi presencia es una vieja cantiga de multitudes,
prieta de nombres, aburrida de formas,
con gusto a vino ajado y melodrama,
suele salir corriendo por las calles
y quedarse a dormir junto a las sombras.
Lúcida cuando el ruido tonante de las partes se encoge de hombros y se va caminando por las plazas.
Tono de bruces, nunca tuvo canto ni escala rota acorde puro.
El himno fue tizón de la batalla,
si no arde el hombre, la existencia calla.
Tal es el sinsabor de rostros sepultados en el aliento párvulo que andando sin andar va por la tierra con un cabo de vela en una mano y el ojo transitivo en la derecha.
de Canto I, Tormenta en el ande
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